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Entre Cooperstown y los Óscar: La Revolución del Talento Dominicano en Pantalla
Por: Marc Mejía
En 1983, cuando Juan Marichal escuchó su nombre en Cooperstown, no solo entraba un lanzador al Salón de la Fama. Entraba un país entero… uno que todavía no tenía muy claro cómo había llegado hasta ahí.
No había academias como las de hoy. No había estructura. No había un sistema que empujara detrás. Había talento, sí. Disciplina también. Pero sobre todo, había una mezcla de intuición, sacrificio y algo que en Dominicana conocemos bien: fe.
Pasaron 32 años para volver a ver algo parecido. En 2015, Pedro Martínez tomó ese relevo. Y después vinieron Vladimir Guerrero (2018), David Ortiz (2022) y Adrián Beltré (2024).
Y ahí fue cuando algo empezó a sentirse distinto.
No como una sorpresa… sino como una continuidad.
No porque el talento apareciera de repente —ese siempre estuvo ahí—, sino porque finalmente empezamos a entender cómo acompañarlo.
En el cine, la historia fue parecida. Tal vez más silenciosa, pero igual de reveladora.
En los años 40, María Montez brillaba en el Hollywood en tecnicolor. Era una figura imponente, casi mítica. Pero también lejana. Su éxito no venía acompañado de una industria dominicana detrás. No había un camino trazado. Era una estrella… sola.
Luego vino Agliberto Meléndez.
Con una cámara, una historia y —literalmente— un pasaje de ida.
Recorrió festivales. Ganó reconocimiento. Llevó el nombre del país a escenarios donde casi nadie nos esperaba. Pero había un problema: cuando uno miraba hacia atrás, no había nada construido. No había industria. No había continuidad.
Sus logros importaban, sí. Pero también dejaban una sensación incómoda: estábamos avanzando… sin base.
Décadas después, Zoe Saldaña comenzó su camino.
Y lo hizo como muchos dominicanos han hecho las cosas: con talento primero, estructura después —y muchas veces, sin ella.
Sus primeros pasos, incluso en proyectos locales como La maldición del Padre Cardona, hablan de una artista que creció en un momento donde aquí todavía no existía una industria capaz de sostener ese tipo de sueño.
Y aun así, llegó.
Y en 2025, cuando Zoe Saldaña ganó un Óscar, el momento tuvo algo más que celebración. Tuvo peso. Tuvo contexto.
Fue inevitable pensar en Marichal.
Porque así como en 1983 él abrió una puerta que parecía imposible, ese Óscar se sintió como la confirmación de que el dominicano no solo puede llegar… también puede ganar.
Pero el camino entre esos puntos no fue limpio.
Hubo momentos donde parecía que todo iba a arrancar… y no.
En los años 70, bajo el impulso de Charles “Charlie” Bluhdorn, el país empezó a aparecer en el radar con producciones como El Padrino II (1974), Sorcerer (1977) y Pantaleón y las visitadoras (1975).
Por un momento, daba la sensación de que ya estábamos dentro.
Pero no lo estábamos.
El golpe llegó con Havana (1990).
Y ahí se hizo evidente lo que faltaba: orden, reglas, estructura.
Lo que pudo haber consolidado una relación con la industria internacional terminó haciendo lo contrario. Se perdió confianza. Y cuando se pierde confianza en ese nivel, las puertas simplemente se cierran y Hollywood con eso no come cuentos y es bien estricta, su lista negra, a la que permanecimos por mucho tiempo, es tradición en esa industria, es su manera de castigar lo que ellos sienten o consideran que está mal o fuera de las reglas.
En el béisbol, mientras tanto, se vivía otra versión del mismo problema.
La era de los esteroides.
Números impresionantes. Carreras históricas. Pero también dudas. Muchas.
Casos como los de Sammy Sosa y Manny Ramírez quedaron atrapados en ese espacio incómodo donde el talento ya no es suficiente para garantizar el legado.
La lección fue dura… pero necesaria.
El talento, por sí solo, no aguanta el peso del tiempo.
Y entonces —poco a poco, sin hacer mucho ruido— empezó a cambiar todo.
En los años 80, comenzaron a instalarse las academias de MLB en República Dominicana. Equipos como los Dodgers y los Blue Jays empezaron a firmar jóvenes desde los 16 años, a formarlos, a educarlos, a prepararlos no solo para jugar, sino para sostener una carrera.
Por primera vez, el talento tenía acompañamiento.
Tenía proceso.
Tenía futuro.
En el cine, ese cambio llegó con la Ley de Cine 108-10.
Y aunque suene técnico, lo que hizo fue algo bastante simple —y poderoso—: crear condiciones.
Más rodajes.
Más formación.
Más oportunidades.
Hoy, cuando una producción de Netflix o Disney+ llega a Samaná, Juan Dolio o Santo Domingo, no viene a improvisar. Viene a trabajar con gente preparada.
Con dominicanos que saben.
Pero también —y quizás más importante— en los que no vemos.
En los técnicos.
En los que montan luces, corrigen sonido, editan historias.
En los que sostienen cada producción desde atrás.
Se nota en los festivales.
En Cannes, Berlín, Venecia, Sundance.
En cineastas dominicanos que ya no van “a ver qué pasa”, sino a presentar lo que saben hacer.
Casos como el de Nelson Carlo de los Santos Arias, con Pepe, lo dejan claro: ya no estamos tocando la puerta… estamos entrando en la conversación.
Y esa presencia se extiende en dominicanos que están cada día forjando su futuro en otras tierras.
En nuestros representantes frente a la gran pantalla, en figuras y nombre que conocemos y seguimos como Dascha Polanco, Jharrel Jerome, Hemky Madera, Dania Ramírez, Algenis Pérez, Elvis Nolasco, Aimee Carrero, Juani Feliz, Jorge Lendeborg Jr., Manny Pérez.
Y lo mejor de todo es que también los tenemos en la parte técnica donde por solo mencionar algunos recordamos figuras como:
- Oz Rodríguez, ganador del Primetime Emmy (2019), con múltiples nominaciones
- Jessy Terrero, pionero en Hollywood con Soul Plane (2004)
- Ray Hungría, ganador del Emmy (2025) en Nueva York
- Junot Díaz, Premio Pulitzer (2008)
Todo eso empieza a conectar.
Y cambia la sensación.
Porque ahora no se trata de esperar a que aparezca alguien extraordinario.
Se trata de entender que hay muchos en camino.
Así como en 1983 Juan Marichal nos enseñó que se podía llegar a Cooperstown, y en 2025 Zoe Saldaña confirmó que también se puede ganar un Óscar, hoy hay una generación completa creciendo con esa referencia. Ya no como algo lejano, sino como algo posible. Porque por primera vez, no estamos apostando al milagro… estamos construyendo continuidad.
Ahora solo nos queda esperar que Zoe mantenga ese vínculo con la cinematografía dominicana y que, como hizo Juan Marichal con el béisbol, siga abriendo puertas para los que vienen detrás.
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16 años de la Ley de Cine: cómo República Dominicana pasó de producir películas a construir una industria
Por Marc Mejía
Desde los sacrificios personales de los primeros realizadores hasta una actividad que hoy genera empleos, inversión, formación profesional y presencia internacional, la Ley 108-10 cambió la escala del cine dominicano. El reto ahora es sostener ese crecimiento y recuperar con más fuerza al público local.
En 1988, cuando Agliberto Meléndez llevó a las salas Un pasaje de ida, en República Dominicana no existían incentivos fiscales para el cine, fondos públicos especializados ni una estructura capaz de acompañar una producción desde su financiamiento hasta su distribución.
Hacer una película era una apuesta personal. Y, en muchos casos, también económica.
Meléndez asumió grandes sacrificios para materializar una obra inspirada en la tragedia del Regina Express, ocurrida en 1981, cuando un grupo de polizones dominicanos murió asfixiado mientras intentaba salir del país. La película mostró que aquí se podía hacer cine con rigor técnico, contenido social y ambición artística, aun sin una industria que respaldara a sus creadores.
Siete años después, Ángel Muñiz probó otra cosa: que una producción dominicana también podía conectar masivamente con el público.
Nueba Yol: ¡Por fin llegó Balbuena!, estrenada en 1995 y protagonizada por Luisito Martí, convirtió la migración, la nostalgia y las contradicciones de la diáspora en un fenómeno de taquilla. Si Meléndez había defendido la dignidad artística del cine local, Muñiz ayudó a demostrar su potencial comercial.
Ambos trabajaron en una época en la que producir una película dependía siempre de la insistencia de sus realizadores. Había talento, historias y público. Faltaba un sistema.
Ese sistema comenzó a tomar forma el 29 de julio de 2010, con la promulgación de la Ley No. 108-10 para el Fomento de la Actividad Cinematográfica.
Dieciséis años después, el país no solo produce películas. Cuenta con una actividad audiovisual que mueve técnicos, empresas, universidades, hoteles, transporte, construcción, tecnología, servicios y capital privado.
La transformación es evidente. También lo son sus contradicciones.
Antes de la ley, República Dominicana era escenario, pero no industria
Mucho antes de contar con un marco legal para el cine, el territorio dominicano ya había atraído producciones extranjeras.
Varias escenas ambientadas en Cuba para El padrino II fueron rodadas en Santo Domingo, colocando al país dentro de una de las obras más influyentes del cine estadounidense. En 1977, la selva dominicana sirvió de escenario para buena parte del difícil rodaje de Sorcerer, dirigida por William Friedkin, responsable también de El Exorcista y The French Connection.
La producción de Sorcerer pasó a la historia por sus accidentes, retrasos, dificultades climáticas y enormes exigencias técnicas. Más que consolidar una industria local, aquel rodaje reveló el potencial visual del país y, al mismo tiempo, las limitaciones de trabajar sin una infraestructura audiovisual desarrollada.
Cabe mencionar como dato personal, que gracias que mi padre Pericles Mejía era pieza importante en la producción de esa película en el país, el día de mi cumpleaños, recibí mi primera bicicleta, un regalo del director y la producción, quienes se sentían agustos rodando en el país.
Algo similar pero no tan positivo ocurrió con Havana, dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por Robert Redford. La película, estrenada en 1990, recreó en Santo Domingo los últimos días del régimen de Fulgencio Batista, debido a que las restricciones estadounidenses impedían realizar la producción en Cuba.
El rodaje dejó una importante actividad económica, pero también enfrentó complejidades logísticas y choques propios de una producción de gran escala en un país que todavía no contaba con una cadena cinematográfica organizada y el caos ocurrido en ese particular momento, costó que entráramos en una lista negra por varios años entre los productores de Hollywood.
República Dominicana podía ofrecer calles, arquitectura colonial, playas, montañas y selvas. Lo que aún no podía garantizar era una plataforma estable para producir.
Técnicos empíricos y jóvenes que estudiaban contra la corriente
La falta de estructura también se reflejaba detrás de las cámaras.
Antes de la Ley de Cine, la mayoría de los técnicos dominicanos se había formado de manera empírica. Aprendían trabajando en televisión, comerciales, publicidad, videos musicales y producciones extranjeras. Algunos tuvieron la oportunidad de viajar y estudiar fuera del país, pero para la mayoría el rodaje era la escuela.
No había una ruta académica clara ni garantías de empleo. Elegir el cine como profesión implicaba asumir un riesgo que muchas familias no entendían.
Durante años, quienes querían estudiar cinematografía tenían que enfrentarse a una pregunta recurrente: “¿De qué vas a vivir?”.
Ese panorama cambió con la expansión del sector. Hoy existen programas vinculados con el cine y la comunicación audiovisual en instituciones como la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), la Universidad APEC (UNAPEC), la Universidad Iberoamericana (UNIBE), la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) y CHAVÓN La Escuela de Diseño.
La formación dejó de depender únicamente de la práctica y comenzó a incluir guion, producción, dirección, sonido, fotografía, montaje, postproducción, gestión y comercialización.
Según una estadística de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), elaborada con datos del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT) correspondientes a 2022, en la carrera de Cinematografía había 1,079 estudiantes matriculados: 549 mujeres y 530 hombres.
Ese mismo año se registraron 117 egresados, de los cuales 74 eran mujeres y 43 hombres.
El dato muestra no solo el crecimiento de la formación académica, sino también la presencia cada vez mayor de mujeres en el sector. Todo indica que la cantidad de estudiantes y egresados ha aumentado considerablemente en la actualidad, aunque el total más reciente deberá confirmarse cuando se publique una nueva actualización oficial.
El punto de quiebre
La Ley No. 108-10 fue promulgada el 29 de julio de 2010. Su Reglamento de Aplicación se aprobó el 21 de junio de 2011, mediante el Decreto No. 370-11.
Con ese marco se organizaron instituciones, registros e incentivos que permitieron atraer inversión y formalizar una actividad que hasta entonces había dependido de esfuerzos dispersos.
La ley fortaleció el papel de la Dirección General de Cine (DGCINE), estableció el Sistema de Información y Registro Cinematográfico Dominicano (SIRECINE) e impulsó mecanismos como el Fondo de Promoción Cinematográfica (FONPROCINE).
También incorporó dos incentivos fundamentales.
El Artículo 34 favorece la inversión privada en largometrajes dominicanos certificados. El Artículo 39, por su parte, permite otorgar un crédito fiscal transferible a producciones nacionales o extranjeras que realizan gastos calificados en el país.
La ley no produjo por sí sola directores, actores o historias. Ese talento ya existía. Lo que hizo fue crear condiciones para que filmar dejara de ser un hecho aislado y comenzara a convertirse en una actividad económica organizada.
De acuerdo con el listado de producciones rodadas suministrado por la DGCINE, entre 2011 y 2025 se registraron 1,039 producciones audiovisuales en República Dominicana. De ese total, 493 figuran vinculadas al Artículo 34, 93 al Artículo 39 y 453 aparecen como no aplicables a esos incentivos.
El registro incluye mucho más que largometrajes. Aparecen documentales, series, realities, comerciales, programas de televisión, videos y otros formatos audiovisuales.
En 2011 se contabilizaron apenas 6 producciones. En 2017 ya eran 99. Para 2021, el número llegó a 101, y en 2022 alcanzó su punto más alto, con 124 proyectos rodados. En 2023 se mantuvo en un nivel elevado, con 119.
El salto no se explica únicamente por la llegada de más películas.
Cada rodaje necesita transporte, alimentación, alojamiento, seguridad, carpintería, pintura, construcción, vestuario, maquillaje, equipos, electricidad, edición y personal administrativo. Una producción puede contratar servicios de decenas de empresas que, a primera vista, no parecen vinculadas con el cine.
Ahí está una parte importante del impacto de la ley: la actividad audiovisual comenzó a extenderse fuera del set.
El principal resultado de la Ley de Cine no puede resumirse en una película ni en una cifra.
Su impacto está en la aparición de una cadena que antes no existía de manera estable.
La producción se hizo más frecuente. Los inversionistas encontraron un marco fiscal. Los profesionales comenzaron a registrarse. Los técnicos ganaron experiencia en proyectos de mayor escala. Las universidades abrieron programas y el país se volvió más competitivo como destino de rodajes.
También cambió la percepción social de la profesión.
Estudiar cine ya no parece necesariamente una aventura sin futuro. Hoy puede conducir a trabajos en producción, publicidad, televisión, plataformas digitales, animación, sonido, fotografía, edición y contenidos para redes.
Sin embargo, la profesionalización sigue siendo desigual. Muchos empleos dependen de la duración de cada proyecto, no todas las producciones tienen la misma capacidad financiera y el crecimiento de la oferta académica no garantiza una inserción laboral inmediata.
La industria existe, pero todavía está madurando.
La próxima discusión
Después de dieciséis años, ya no está en debate si la ley aumentó la producción. Los registros y números que hemos visto en los medios a través de los años muestran que lo hizo.
La discusión ahora debe ser más exigente.
¿Se están produciendo mejores películas? ¿Llegan a suficientes salas? ¿Pueden competir fuera del país? ¿Los técnicos encuentran continuidad laboral? ¿La inversión pública y los incentivos producen un retorno cultural y económico proporcional? ¿El público dominicano siente que esas historias lo representan?
El futuro del sector dependerá menos de aumentar el número de rodajes y más de mejorar su impacto.
Eso supone fortalecer la distribución, ampliar las coproducciones, apoyar la escritura de guiones, formar nuevos públicos, conservar el patrimonio audiovisual y publicar estadísticas que permitan evaluar los resultados con mayor precisión.
También requiere reconocer que el éxito comercial y el valor cultural no siempre avanzan juntos. Una cinematografía saludable necesita películas capaces de llenar salas, pero también documentales, óperas primas, animación, cine de autor y obras que preserven la memoria del país.
Una industria con presente y futuro
La Ley 108-10 cambió la escala del cine dominicano. Permitió producir con mayor frecuencia, dio estructura al sector y abrió nuevas oportunidades para realizadores, técnicos, actores, estudiantes, empresas e inversionistas.
Su importancia no se limita a la cantidad de películas realizadas. También se refleja en la formación de profesionales, la llegada de rodajes internacionales, la creación de empleos, el crecimiento de empresas audiovisuales y la posibilidad de que más historias dominicanas encuentren un espacio en la pantalla.
Los pioneros demostraron que en República Dominicana se podía hacer cine aun cuando no existían las condiciones. La ley ayudó a crear esas condiciones y permitió que aquel esfuerzo individual se transformara en una actividad organizada, capaz de crecer y competir.
Dieciséis años después, todavía quedan desafíos en distribución, calidad, formación de públicos y circulación internacional. Pero el punto de partida es completamente distinto. Hoy existe una generación preparada, una estructura institucional, una experiencia técnica acumulada y una comunidad cinematográfica que continúa ampliándose.
El cine dominicano ya no depende únicamente de actos heroicos ni de apuestas aisladas. Cuenta con una base desde la cual puede seguir avanzando, renovándose y llevando sus historias más lejos.
La Ley de Cine no fue el inicio de la creatividad dominicana, pero sí ayudó a convertirla en una industria con presente y futuro. Y quizás ese sea su logro más importante: haber demostrado que nuestro cine no solo podía hacerse, sino también crecer, fortalecerse y ocupar un lugar propio dentro y fuera de la República Dominicana.
Artículos
Isaac Morantus se convirtió en el primer dominicano seleccionado para BAMMERS, programa del Bogotá Audiovisual Market
Por Marc Mejía
El director, guionista y productor Isaac Morantus acaba de alcanzar un importante logro para el cine dominicano al convertirse en el primer dominicano seleccionado para BAMMERS, el programa de formación del Bogotá Audiovisual Market (BAM), considerado uno de los mercados audiovisuales más importantes de América Latina.
La selección adquiere un significado especial porque BAMMERS 2026 abrió por primera vez su convocatoria a participantes internacionales con el apoyo de Netflix. De las 105 postulaciones recibidas desde 13 países, solo 40 profesionales fueron escogidos para integrar el programa: 20 colombianos y 20 internacionales. Entre ellos estuvo Morantus, quien representó a la República Dominicana con su segundo largometraje de ficción en desarrollo, “No Fue en Balde”.
La participación dominicana en el Bogotá Audiovisual Market no es nueva. En años anteriores, cineastas nacionales asistieron al mercado gracias a iniciativas de la Dirección General de Cine (DGCINE) y otros programas de apoyo a la internacionalización. Sin embargo, el caso de Isaac Morantus marca un precedente distinto: es el primer dominicano seleccionado oficialmente para BAMMERS, el programa de formación del mercado, tras la apertura de su convocatoria internacional en 2026.
Más que asistir al mercado como un acreditado, el cineasta dominicano formó parte de un proceso de formación diseñado para preparar proyectos con potencial internacional. Durante varias semanas recibió mentorías sobre producción, coproducción, financiamiento y estrategias para presentar su película ante productores, distribuidores e inversionistas.
Uno de los aspectos que Morantus considera más valiosos de la experiencia fue el trabajo realizado sobre el pitch de “No Fue en Balde”.
Aunque el término es muy conocido dentro de la industria cinematográfica, fuera de ese entorno pocas personas saben realmente qué significa. Un pitch es la presentación con la que un realizador “vende” su proyecto ante posibles productores, fondos de financiamiento, distribuidores o plataformas interesadas en convertir una historia en una película. En mercados como el BAM, una buena presentación puede marcar la diferencia entre conseguir una oportunidad de financiamiento o regresar a casa con un proyecto que aún debe seguir esperando.
“Lo más valioso fue entender cómo presentar un proyecto de manera más estratégica. Las mentorías me ayudaron a mejorar mi pitch, a comprender mejor el funcionamiento de la industria internacional y a llegar al mercado con objetivos mucho más claros”, explicó Morantus.

BAMMERS 2026
Una historia sobre sueños, música y diferencias sociales
El proyecto con el que participó en BAMMERS lleva por título “No Fue en Balde”, una comedia dramática romántica con temática musical que actualmente se encuentra en la etapa final de escritura del guion.
La película narra la historia de Brenda, una joven de clase alta que sueña con convertirse en rapera, y Miguel, un muchacho de origen humilde decidido a triunfar como actor. Cuando sus caminos se cruzan descubren que cada uno posee aquello que el otro necesita para acercarse a sus sueños. Sin embargo, el éxito comienza a poner a prueba su relación y los obliga a enfrentar decisiones que cambiarán sus vidas.
Aunque no está inspirada en hechos reales, la historia toma elementos de la realidad que viven muchos jóvenes dominicanos, abordando temas como las diferencias sociales, la búsqueda de oportunidades y el costo de perseguir los sueños.
Con el guion en su etapa de afinamiento, el siguiente paso será buscar financiamiento y posibles coproductores internacionales para hacer realidad la película.
El mercado abrió nuevas oportunidades
Además de las mentorías, la participación de Isaac Morantus en el Bogotá Audiovisual Market le permitió sostener reuniones con productores colombianos y distribuidores de España, Brasil, Francia, Colombia y Ecuador, con el objetivo de presentar “No Fue en Balde” y explorar futuras alianzas para el proyecto.
Aunque todavía no existen acuerdos cerrados, el realizador confirmó que varias de esas conversaciones continúan avanzando y podrían convertirse en futuras coproducciones o acuerdos de distribución.
Su paso por el mercado también dejó nuevas oportunidades profesionales. Recibió una invitación para postular sus cortometrajes a Bogoshorts, uno de los festivales de cortometrajes más importantes de Colombia, además de otra para participar en MIP Cancún, uno de los principales mercados de contenido y coproducción de Latinoamérica.
“Cada mercado confirma que las historias dominicanas tienen espacio en la conversación internacional. Ahora el reto es seguir construyendo alianzas que permitan que esos proyectos lleguen a realizarse y encuentren audiencias”, afirmó.
Una carrera en crecimiento
Fundador de El Güeso Films, Isaac Morantus ha desarrollado su carrera como director, productor, guionista y editor. Su trabajo ha sido reconocido en festivales nacionales e internacionales, obteniendo premios como Mejor Cortometraje y Mejor Edición en los Premios La Silla.
Actualmente también trabaja en la postproducción de “Camina Ven”, su primer largometraje de ficción. La película nació en 2024 como un cortometraje de comedia romántica y fue el único proyecto de la región del Cibao en ganar el concurso Keep Walking Films, impulsado por Johnnie Walker. Su historia sigue a Ender, un joven que emprende un viaje improvisado junto a su mejor amigo Víctor para declararle su amor a una chica antes de que ella emigre del país.
Con “Camina Ven” en postproducción y “No Fue en Balde” dando sus primeros pasos en el circuito internacional de mercados audiovisuales, Isaac Morantus continúa consolidando una carrera que apuesta por llevar nuevas historias dominicanas a escenarios cada vez más competitivos.
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Una industria que mueve cultura y economía: radiografía del cine dominicano en 2025
Por Marc Mejía
El cine dominicano ya no necesita demostrar que existe. Las estadísticas de 2025 hablan de una actividad constante, con 57 proyectos rodados, 37 películas nacionales estrenadas y más de tres millones de visitas a las salas.
La nueva infografía publicada por la Oficina Nacional de Estadística (ONE), con información de la Dirección General de Cine (DGCINE), la Oficina Nacional de Derecho de Autor (ONDA) y otras instituciones, permite mirar más allá de los estrenos. Detrás de cada película hay empleos, empresas, servicios contratados y profesionales que han convertido el cine en su oficio.
Una producción impulsada desde el país
Durante 2025 se rodaron en República Dominicana 57 proyectos cinematográficos que aplicaron a la Ley de Cine. De ellos, 50 fueron nacionales y 7 extranjeros.
Es decir, cerca del 88 % correspondió a proyectos dominicanos.
El dato es importante porque muchas veces pensamos en la industria a partir de las grandes producciones internacionales que llegan al país. Sin embargo, buena parte de la actividad cotidiana descansa sobre el cine nacional.
Quienes han estado cerca de un rodaje saben que su impacto no se limita al director, los actores o el productor. Una película contrata técnicos, transportistas, servicios de alimentación, alquileres, hospedaje, seguridad, construcción, vestuario y proveedores de distintas áreas. Durante semanas o meses, el presupuesto circula dentro de una red mucho más amplia que el equipo visible en pantalla.
Todavía sería necesario conocer cuánto se invirtió y cuántos empleos se generaron. Contar proyectos es útil, pero medir su impacto económico permitiría entender mejor lo que el cine aporta al país.
Una cartelera dominicana cada vez más diversa
En 2025 se estrenaron 37 películas dominicanas. Hace algunas décadas, la llegada de una producción nacional a las salas era un acontecimiento aislado. Hoy forma parte habitual de la cartelera.
También ha cambiado la oferta. Aunque la comedia mantiene una presencia importante, ahora convive con dramas, documentales, suspenso, cine de autor y producciones de realizadores emergentes.
He visto transformarse la conversación. Antes celebrábamos que una película lograra terminarse y estrenarse. Ahora también hablamos de su campaña, su permanencia en cartelera y las posibilidades de circular en festivales, mercados y plataformas.
Eso no significa que el camino esté resuelto. Con una producción más constante, cada película necesita identificar a su audiencia y explicar por qué merece ser vista. La conexión con el público no se consigue únicamente pidiendo apoyo: se construye con promoción, disponibilidad y una estrategia que acompañe la obra más allá de su estreno.

Más de tres millones de visitas a las salas
La República Dominicana contó en 2025 con 25 complejos cinematográficos y 163 pantallas. En ellas se exhibieron 333 películas nacionales y extranjeras, se registraron 3,037,119 visitas y se recaudaron aproximadamente RD$1,046 millones.
En tiempos de plataformas y consumo desde el hogar, que más de tres millones de personas hayan visitado las salas confirma que el cine continúa siendo una experiencia importante para el público dominicano.
El cortometraje encuentra un nuevo impulso
Uno de los datos más llamativos corresponde a los cortometrajes registrados ante la ONDA. La cifra pasó de 132 en 2024 a 261 en 2025, un crecimiento cercano al 98 %.
Algo está ocurriendo entre los nuevos realizadores. Universidades, festivales y muestras reciben cada vez más trabajos de jóvenes que utilizan el cortometraje para adquirir experiencia, probar nuevas narrativas y comenzar a presentar sus historias.
El aumento corresponde a obras registradas y no necesariamente a todos los cortos producidos, pero revela una mayor actividad y conciencia sobre la protección de la autoría.
Los guiones cinematográficos registrados, en cambio, pasaron de 22 en 2024 a 8 en 2025. No podemos concluir que se estén escribiendo menos historias, pero la cifra recuerda que una industria comienza mucho antes del rodaje: comienza con una idea bien desarrollada y protegida.
Una nueva generación se prepara
La transformación del sector también puede observarse en las aulas. En 2022, las carreras de Cinematografía reunían a 1,079 estudiantes: 549 mujeres y 530 hombres.
Ese mismo año egresaron 117 profesionales, entre ellos 74 mujeres y 43 hombres. Las mujeres representaron alrededor del 63 % de los egresados.
Que más de mil jóvenes eligieran estudiar cine habría sido difícil de imaginar años atrás. Ahora el desafío es conseguir que esa formación encuentre oportunidades reales dentro del mercado y que la presencia femenina también se refleje en los equipos y puestos de decisión.
Más que películas
Producir también se volvió más costoso. El Índice de Precios al Productor de las actividades audiovisuales alcanzó 154.01 puntos en 2025, con una variación de 5.62 % en doce meses. El aumento ejerce presión sobre equipos, transporte, alimentación, materiales y posproducción, especialmente en proyectos independientes.
Aun con estos desafíos, las cifras muestran una industria activa, formada mayoritariamente por proyectos nacionales y acompañada por una nueva generación de profesionales.
La Ley 108-10 para el Fomento de la Actividad Cinematográfica ayudó a construir una estructura donde antes predominaban los esfuerzos individuales. Más de una década después, el resultado no se mide únicamente en películas: también se encuentra en los empleos, las empresas creadas y la experiencia acumulada por los equipos dominicanos.
Y hay otro aporte que ninguna tabla puede explicar por completo. El cine conserva nuestra manera de hablar, nuestros espacios y la memoria de una sociedad que cambia. Nos permite contar el país desde aquí y presentar una imagen más amplia de la República Dominicana ante el mundo.
La conversación ya no es si podemos hacer cine. Eso está demostrado. Ahora debemos lograr que nuestras historias circulen mejor, encuentren a su público y continúen generando oportunidades para quienes decidieron hacer de esta industria su profesión.

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